Tokio
fue el escenario de una de las películas más importantes de la
década, “Lost in Translation” con Bill Murray y Scarlett
Johansson, dirigida por Sofia Coppola. Una megalópolis que ha
logrado sobrevivir la historia medieval de la antigua Edo. Pues bien,
cuando Bill Murray se despierta, en el taxi que le ha recogido del
aeropuerto de Narita y lo lleva al Park Hyatt, su cara se va a
iluminar, ante el reflejo de la gran ciudad que tiene delante,
desconcertante, al otro de la ventanilla. Eso es lo que sucede a
cualquier turista, que acaba de llegar a la ciudad, sobre todo, si lo
hace a la hora en que la urbe muestra todo su repertorio, en las
horas de la noche. Nos encontramos con neones parpadeantes, de mil y
un colores, que nos anuncian sitios como los clubs nocturnos, de todo
tipo, bares o karaokes. Cuando visitemos la ciudad, no podremos
olvidarnos, jamás, la visión de las máquinas expendedoras, que nos
ofrecen café caliente, en lata. Si, en lata, como si fuera una
conserva. Los ruidos y la música, que llama a los más jóvenes, a
que jueguen a un gran número de videojuegos diferentes. Nos
encontraremos con riadas de personas, vestidas con perfectos trajes,
en color negro, que son engullidas por las bocas de metro, desde las
que salen. Y, de repente, nos encontraremos con un chico, que está
disfrazado de dibujo animado, una mujer con un elegante kimono o una
adolescente con cofia y delantal.
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